Situado tras la barra de un mueblebar muy bien surtido, el mismo barman que había visto aquella tarde atendido el puesto instalado en el jardín servía con ligereza en vasos de plástico tubulares, sangría, whisky escocés, ron caribeño, batida de coco, vodka ruso, licor de fresa o lo que se terciara, acompañados de tintineantes cubitos de hielo que no dejaban de brindar por una velada que prometía estar colmada de vicio y perdición. No eran mujeres salientes (que no salidas) necesitadas de engatusar a un hombre que supiera hacerlas más felices que un impersonal consolador de plástico. Algunos filósofos incrédulos se habrían llevado una sorpresa mayúscula al comprobar que el arquetipo de perfección existía y estaba representado en esos pechos sublimes, rematados con un par de pezones que eran las guindas de los pasteles. Mis ganas de intimar en privado con cualquier desconocida, habían menguado notablemente, pero una ocasión tan propicia para fornicar no se me volvería a presentar en la vida. —Sabía que no me dejarías sola —murmuró al cabo en un tono que reflejaba calidez y entusiasmo, cumpliéndose así lo que había previsto. Ocupando el asiento y los reposabrazos de un sillón, había otros tres jóvenes jugueteando en solitario con sus atributos para mantener en alza sus respectivas erecciones. |