Deberías tener miedo de ti mismo, no de mí. Y entonces estaba aquí nuevamente, en el génesis de todo, pensando que hacer tan temprano, pues sabía que ellos tardarían en despertarse en mucho rato, así que me acosté y pensé en mi sueño. Cerré los ojos y aspiré más de ella y me acerqué a sus labios, sentí entonces su respiración, cálida y dulce. Navegamos en el rio que separa la histeria con la locura. La llevé a su cuarto, la desnudé ante su sonrisa, aquella que aún me taladraba el corazón, me observó cada segundo, hasta que cerró los ojos y se dejó hacer. Sentí un roce, su mano me acariciaba la oreja, mi sien y mi cabello. |