– Me pidió. Acarició mis pies, mis rodillas, mis piernas y mis testículos. manera y, aunque sabía que lo hacían, jamás en mi vida imaginé que tendría que ver aquello. Mi madre me sonreía y mi padre ni siquiera se movió, siguió a lo suyo, como si no le importara que yo estuviese ahí. ¿Qué era lo que me iba a hacer? Me pregunté con algo de terror pero no tuve tiempo de hallar una respuesta porque se me escapó un gemido casi tan alto como los que antes habían dado ellos cuando mi madre, sin ningún pudor, se metió mi pene en su boca. A mi madre, en cambio, hacía siglos que no la veía así. |