¡Qué vergüenza, Dios! Inmediatamente lo ví alejarse, me fui a mi habitación a cambiarme. Caminando lentamente moviendo las caderas como si fuera una top model (sabía que él me estaba mirando) encontré los baños y al ver la clásica muñequita pintada en la puerta, entré. De repente me doy cuenta que me había quedado embobada mirándolo y no lo había hecho pasar…Abriendo un poco más la puerta lo invité a entrar, disculpándome por mi apariencia. Igual me recomendó que llamara a Gustavo (un colega). Nada sofisticado, apenas un jeans bordado, unas sandalias con algo de tacón, y una musculosa blanca que llevaba impreso en la delantera la palabra sexy en relieve y con brillitos, sencilla pero bonita. Era por demás tentadora. |