Me encabrona que no hagas eso conmigo. Me maldije en ese momento por la impotencia de no poder decirle lo de aquella noche. Los chicos que estaban allí sentados se veían impacientes ante esa diosa que les pegaba la chocha en la cara para retirar con destreza las fichas que estos se ponían en la boca. Entonces con cara de perra le dije: Puede ser. Con la otra pierna pude empujarlo, pero se equilibró y me hundió más en la cama. ¡Te voy a cojer ahora! Vas a ser mi perrita y harás lo que yo te diga y cuando yo te diga. |