Rocé suavemente mi pómulo contra su centro, que era de una textura tan aterciopelada como un precioso tigre de peluche que tuve de niño. —Apenas tardé un segundo en percatarme de que mi interlocutor se refería a la mencionada Susana—. Decidí buscar a una amante en otro de los muchos cuartos de aquella enorme mansión a la que había entrado con medios ilícitos. El caso es que, bastante deshecho, me acerqué al escaparate de unos grandes almacenes. O se las arreglan para ligar con media docena de tipos dispuestos a compartir a la misma mujer durante una madrugada, o bien, se las componen para convivir con un león. La mulata, agradecida por mi inocente trato, me recompensó acariciándome cansinamente el cabello con el brazo libre, con un afecto casi maternal. |