No seas tonta, sólo estamos Eduardo y yo y tengo comida de sobra, dijo y mi cara reflejó satisfacción por la insistencia – te vas a poner mala comiendo tanta comida basura de esa…Bueno, dijo Maite y me inundó una gran alegría al ver que aceptaba – Me voy a duchar y en veinte minutos bajo…De acuerdo, dijo mi madre – te esperamos. – Era la señal de que me debía de ir. ¡Hijo, que fuerte estás! – Decía Maite sin dejar de sobar al joven. Mi madre temería que lo viera mi padre con lo que el lugar más seguro era donde nunca tocara. Entonces reconocí el sonido rítmico del cabecero de la cama al chocar contra la pared por las embestidas que le daba a mi madre. Pocas veces venía Maite a casa y la veía, pero cuando coincidíamos me encantaba hablar con ella. |