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El dormitorio era inmenso, una enorme cama con un cabezal de piel y con un mullido edredón la presidía, un lienzo de grandes proporciones y de temática abstracta daba color a la estancia que estaba pintada en blanco color que predominaba junto a muebles eclécticos y un amplio vestidor donde se dejan ver una importante colección de distintos tipos de indumentarias, camisas, pantalones, zapatos y demás. Saboreé ese maravilloso miembro de un grosor y longitud muy apetecible, no era inmenso pero si contundente, rodeado de vellos largos y oscuros, su rosado ano se encogía al sentir mi lengua untándolo de mi saliva, también jugueteaba pasando mi lengua desde su orondos testículos al ano saboreando y dándole un inmenso placer en su perineo. De repente sacó la polla de mis entrañas y pajeándose comenzó a echar sobre mi chorreones de cremoso semen blanquecino y de temperatura calida, yo al sentir aquello, no pudo por menos que seguirle en el orgasmo y jadeante me vacié sobre su pecho y uno de los chorretones le llegó a la barbilla, el con su lengua lo sorbió y acercó sus labios a los míos compartiendo el agridulce sabor de mi semen. La tarde había caído sobre la ciudad y las luces multicolores daban un aspecto maravilloso, penetrando por el gran ventanal que presidía aquel inmenso espacio, nos tumbamos sobre el sofá de cuero, nuestros cuerpos se rozaron produciéndome un enorme escalofrío el tacto de aquel interesantísimo hombre al que hacia escasas horas sin conocerle odiaba y ahora tras haber hecho el amor me parecía un ser sublime. Ahora que me daba cuenta, con las prisas ni nos habidos dado el teléfono, todo había sido una noche de sexo y mentiras. Fernando sonrió y sin decir nada, me empujó para que saliera de la cama y me llevó de nuevo al salón.