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SALDÉ MI DEUDA Ni los dildos, ni la juguetona verga de Sato habían logrado prepararme para la embestida de los 20 cms de Mr. Thomas a todo vapor y de un solo y definitivo empuje
8.22 AM
Ya pasan de las ocho y estoy retrasado. La junta de accionistas fue programada
para las nueve en punto, y si no llego a tiempo, ya puedo ir despidiéndome de mi
puesto.
Soy el contador de una empresa transnacional empacadora de pescado, y mi jefe,
el Gerente de Finanzas me tiene puesto el ojo y sólo espera la menor oportunidad
para deshacerse de mí, y no quiero darle ese gusto, por no hablar de que
necesito el empleo desesperadamente. Estoy endeudado hasta las nalgas. Debo la
renta de 4 meses, varios pagos atrasados del coche y no menciono los préstamos
en efectivo que me han hecho mi padre y un par de amigos.
Tan desesperado estoy que me he metido en un buen lío. Tomé el dinero de los
impuestos del mes pasado de la empresa y nadie se ha enterado, hasta el momento.
Si mi jefe llega a descubrirlo, no solo perderé el trabajo, puedo hasta ir a dar
la cárcel por abuso de confianza y fraude. Confío en poder restituir el dinero
antes de que eso suceda, y por eso la junta de hoy es tan importante. Debo estar
allí para asegurarme que mi delito no sea descubierto y ganar un poco de tiempo
para solucionarlo.
Por si fuera poco, el tráfico hoy está imposible y desesperado toco el claxon y
le miento la madre a cuanto idiota se me atraviesa, pero aun así creo que no
llegaré a tiempo.
9:15
Mierda!
Sabía que no llegaría a tiempo. Entro corriendo a la sala de juntas, ya están
todos reunidos y la sesión ha empezado. Mr. Thomas, mi jefe, está conduciendo la
junta y algunos de los socios accionistas están presentes. Sobre todos ellos, la
figura del Sr. Sato se impone sin lugar a duda. El Sr. Sato es el socio japonés
de la firma, y posee la mayoría de acciones. Su voto es ley para todos nosotros
y a pesar de su pequeña estatura todo mundo le teme y se le respeta por sobre
todas las cosas.
Tomé un lugar en la mesa y traté de pasar desapercibido. Mr. Thomas me miró de
muy mala manera y continuó con su exposición. Mi jefe es norteamericano, rubio y
bastante alto, como de 35 años y con la musculatura de un jugador de fútbol
americano. El Sr. Sato es mas bien pequeño, delgado, 45 años mas o menos y un
misterio por todo lo demás. Nadie sabe si es casado o soltero, ni tiene la menor
idea acerca de su vida privada. Por mi parte, soy de origen latino, tengo 24
años y estoy tratando de sobrevivir en esta empresa transnacional y multi-étnica
donde todos compiten contra todos.
9:50
La junta estaba llegando a su fin y para mi buena suerte, la cuestión del pago
de impuestos no había sido mencionada. Estaba por respirar por fin con
tranquilidad cuando Mr. Thomas tocó el punto y yo casi pierdo el aliento, lo
cual fue notado inmediatamente por Mr. Thomas, que no me quitaba la vista de
encima. En ese momento supe que él sabía lo que yo había hecho y vi en su mano
la declaración de impuestos no presentada. Por lo visto mi jefe pensaba ponerme
en evidencia delante de toda la junta y sentí morirme de la vergüenza.
El Sr. Sato me miraba fijamente, y con un pequeño gesto detuvo a Mr. Thomas y
dio por terminada la junta. Yo no entendí que había pasado, pero me sentí
inmensamente aliviado de haberme salvado, aunque fuera momentáneamente.
Me fui a mi oficina y empecé a trabajar.
11:30 A.M.
El teléfono suena. Mr. Thomas quiere que me presente en su oficina. Me tiemblan
las piernas cuando me anunció con su secretaria y ésta me hace pasar.
Estoy de pie ante el escritorio de Mr. Thomas y no me ha indicado que me siente.
Espero. Algunos minutos después me muestra la declaración sin pagar y una copia
del cheque cobrado por mí. Sabe que me tiene agarrado por los huevos y no puedo
decir nada a mi favor. Puede enviarme a la cárcel si lo desea y ambos lo
sabemos.
- Raúl, -me dice con su fuerte acento neoyorquino-, eres un ladrón y no mereces
ningún tipo de consideración. Si dependiera de mí te enviaría ahora mismo a
donde mereces estar. Una mierda como tú no debe trabajar aquí.
Guardé silencio, rogando por una oportunidad, pero sin atreverme a pedirla.
Mr. Thomas se puso de pie y rodeó su escritorio, paseando por la oficina hasta
llegar a mis espaldas. No me atreví a voltearme y me quedé quieto esperando que
terminara conmigo.
- Sin embargo, - dijo casi junto a mi oído, bajando la voz -, existe la
posibilidad de que lleguemos a un arreglo.
El aire volvió a mis pulmones. Me sentí dispuesto a cualquier cosa por conseguir
otra oportunidad.
Mr. Thomas me dio la vuelta para que pudiera mirarlo. Sus ojos no mostraban mas
que desprecio y me sentí como un bicho al que pronto reventarán con un simple
pisotón.
- Arrodíllate, - me dijo.
Pensé que quería que yo le pidiera perdón de rodillas, y me pareció muy
humillante, pero al mismo tiempo era una forma bastante simple de salir de aquel
atolladero. No lo dudé. Me puse de rodillas frente a él y empecé a pensar en la
forma en que suplicaría por su perdón. Quería que fuera algo dramático que lo
dejara satisfecho.
Mientras pensaba y casi empezaba a suplicar, escuché el ziper de sus pantalones
y me quedé paralizado. Mr. Thomas se había abierto la bragueta de sus pantalones
y estaba hurgando entre sus calzones para, para...sacarse el pene!
No lo podía creer. Todo lo había imaginado menos eso!
- Si quieres una oportunidad, empieza a mamar y convénceme de que la mereces.
Su verga, larga y rosada, colgaba fláccidamente fuera de su bragueta. Unos
cuantos pelos rubios salían de sus pantalones y la cabeza lucía descubierta,
descansando contra la cara tela de su pantalón.
Los segundos pasaban y yo no me decidía. Miraba hipnotizado su miembro dormido y
no podía moverme.
- Ok, - dijo Mr. Thomas y empezó a meter su verga otra vez en los pantalones -,
tú lo quisiste, - amenazó.
La adrenalina del miedo llenó mi cuerpo en una fuerte oleada y me puse en
movimiento.
- No, por favor, Mr. Thomas, - rogué, al tiempo que detenía sus manos y metía
las mías dentro de sus pantalones para recuperar ese pene que ya desaparecía y
era la llave de mi libertad.
Lo tomé con una mano y lo saqué nuevamente. Lo sentí suave y cálido, como un
pajarito o un animalito que necesitara cuidado, o al menos eso traté de pensar
para poder metérmelo en la boca y hacer lo que tenía que hacer para solucionar
mis problemas.
Mr. Thomas puso sus enormes manos tras mi nuca y acercó mi cabeza a su
entrepierna. La suerte estaba echada y ya no tuve dudas. El hombre quería una
manada, pues una mamada tendría, y sería excelente, me prometí a mí mismo.
Me metí la suave cabeza en la boca y lejos de sentir desagrado, supe que era
algo que podía hacer bien. Olía a jabón y a hombre limpio. Era una verga bonita
y pensé que con suerte hasta podría disfrutarlo. Chupé la cabeza mientras
acariciaba con delicadeza el tronco gordo y suave. En pocos minutos empecé a
sentir como crecía la cabeza y como se alargaba el tronco. La cosa empezó a
ponerse dura y creció y creció. No había una regla a la mano, pero podría jurar
que medía sus buenos 18 cms., sino es que llegaba a los 20. Era una verga
impresionante. Me retiré un poquito para verla completa y miré hacia arriba para
ver la cara de gozo de Mr. Thomas. No había tal. Mi jefe parecía seguir bastante
molesto y pensé que después de todo, no estaba haciendo un buen trabajo con
aquella verga, y de nuevo me preocupé.
- Eres un maldito pervertido, - me susurró con odio -, y me metió su vergota
nuevamente casi hasta ahogarme, comenzando a bombear dentro de mi garganta.
Yo no entendí como podía enojarse y al mismo tiempo seguir con todo aquello.
Puse mis manos en su cadera para frenar un poco sus embestidas que amenazaban
con ahogarme y eso pareció molestarle aun más. Sacó su verga dura de mi boca y
el sonido fue como el de una botella cuando es descorchada. Me tomó de las
axilas y con un tirón me puso de pie. Pensé que iba a golpearme.
Me empujó sobre su escritorio, obligándome a recostarme sobre su superficie, de
espaldas a él. Subió la parte trasera de mi saco y manipuló diestramente mi
cinturón y el broche de mis pantalones. En cuestión de segundos me había bajado
los pantalones y los calzones hasta las rodillas, dejándome el culo desnudo.
Traté de incorporarme, pero el tipo era alto y fuerte, mucho más que yo, y me
obligó a continuar en esa humillante posición.
- Por favor, Mr. Thomas, eso no, - le supliqué, adivinando lo que quería de mí
-. De verdad que yo no hago eso.
- Cállate, pendejo. Tu harás lo que se te ordene, lo sabes.
No tenía opciones, lo sabía. Tragué saliva, aun pensando en una forma de salir
de aquella situación.
Mr. Thomas puso sus manos sobre mis nalgas y las abrió. Sentí mi ano expuesto y
me dio mucha vergüenza. Soy un tipo bastante velludo, incluido mi culo. Siempre
tengo cuidado de asearme bien, porque siento que con tanto vello debo tener
especial cuidado con la limpieza. El saber que mi jefe estaba mirando esa parte
tan privada de mi cuerpo me puso especialmente nervioso. Ya solo esperaba el
momento en que me tocara para morirme allí mismo de la pena. Pero eso no
ocurrió.
Mr. Thomas me soltó. Se metió la verga dentro de los pantalones y subió el
ziper. Dio la vuelta y se sentó en su sillón, frente a mí en su escritorio. Tomó
el teléfono y marcó un número.
Yo no entendía nada. El balbuceó algo y del otro lado de la línea alguien le dio
instrucciones.
- Vístete, - me ordenó -. Regresa a tus ocupaciones. Ya te llamaré para decirte
que sucederá contigo.
Con la cara roja de vergüenza me subí los pantalones. Me sentí con un pequeño de
tres años que se ha meado los calzones y debe andar con la ropa mojada y que
todos lo miran y saben lo que le sucedió. Con ese sentimiento salí de la oficina
de Mr. Thomas y me fui a mi propia oficina. Sentía que todos allí sabían que le
había mamado el pito a mi jefe y que valía lo mismo que cualquier puta
callejera.
Traté de trabajar, pero fue imposible. Estaba nervioso, incomodo e
increíblemente, bastante cachondo. A pesar de todo, el incidente me había
despertado un hambre de sexo que no sabía como apagar. Al mismo tiempo me sentía
preocupado, porque mi situación no estaba resuelta y aún pendía de un hilo.
Esperé la llamada de Mr. Thomas el resto del día, pero no me llamó. No sabía si
eso era bueno o malo, y esperaba que en cualquier momento llegara el personal de
seguridad a detenerme, o incluso la misma policía, pero tampoco sucedió.
6:00 P.M.
Mi jornada había terminado y yo todavía seguía en las mismas. Mil veces tomé el
teléfono y marque la extensión de Mr. Thomas, colgando al instante antes de que
sonara su línea. Si algo iba a pasar quería salir de una buena vez de eso.
Cualquier cosa antes de esa pinche incertidumbre que me estaba matando.
Empecé a recoger mis cosas para irme a casa. Nada podía remediar quedándome
allí. El teléfono sonó y me quedé paralizado. Era la secretaria de Mr. Thomas,
indicándome que me presentara en su oficina dentro de una hora. Me sentí
aliviado. Lo que fuera a pasar, quería que sucediera de una vez, pero aún me
quedaba una larga hora de espera.
7:00 PM
El personal se había marchado casi por completo. El piso donde laboro es
principalmente administrativo y hacía un buen rato que se habían marchado. No
sabía si alegrarme por eso o preocuparme de estar a solas con Mr. Thomas. Su
oficina estaba iluminada y él estaba esperándome cuando toqué a su puerta.
Lo encontré más tranquilo que en la mañana. Su mirada de desprecio seguía allí,
pero era más tenue y contenida. No me saludó ni me explicó nada. Únicamente me
indicó que lo siguiera. Salimos de su oficina y nos dirigimos al elevador. Entré
tras él, siguiéndolo mansamente. En vez de bajar hacia la calle, introdujo una
llave especial que sólo él y unos cuantos más poseían y que les permitía subir a
las oficinas que el Sr. Sato ocupaba cuando estaba en la compañía, pues tenía
muchas otras empresas y viajaba constantemente. También había un penthouse que
le servía de vivienda cuando pasaba mas de un día con nosotros. Pocos habían
sido invitados a conocerlo, pero se decía que era todo un lujo. Pues hacia el
penthouse nos dirigimos sin que ninguno de los dos hablara.
Al abrirse la puerta, personal de seguridad nos detuvo y debimos registrarnos
mientras corroboraban telefónicamente que podíamos pasar. Una vez dentro, un
sirviente nos hizo pasar a una espaciosa sala, totalmente decorada al estilo
oriental y con una vista impresionante de toda la ciudad. Por un momento me
olvidé de mi situación y me relajé con la increíble vista. Tan embebido estaba
que no escuché al Sr. Sato entrar, y cuando me di vuelta lo descubrí mirándome
fijamente y con atención. Vestía una bata o kimono negro y sandalias. Siempre lo
había visto de traje y corbata, y me sentí extrañamente cohibido en su
presencia.
- Sabe porque está aquí?, - preguntó a modo de saludo el Sr. Sato.
- No, señor, - contesté bajando la mirada.
El Sr. Sato miró a Mr. Thomas, y éste contestó por mí.
- Porque no tienes opciones, bruto. Porque estás pendiendo de un hilo y sólo el
Sr. Sato puede salvarte.
Asentí en silencio mientras Sato tomaba asiento y con el control remoto encendía
una gran pantalla que salió de la nada. En la pantalla apareció la oficina de
Mr. Thomas y un gran acercamiento de su verga en toda su majestuosa erección
ocupó la pantalla completa. Después pude verme a mí mismo tomando esa larga vara
en mi boca, chupándola como un caramelo y trabajándola furiosamente. Sato
adelantó la videograbación y allí estaba yo sobre el escritorio mientras me
bajaban los pantalones. La cámara nuevamente hizo un gran acercamiento y vi mi
culo llenando la pantalla.
Debo reconocer que era un culo muy bonito. Nunca me había visto a mí mismo de
esa forma. Mis nalgas musculosamente marcadas y abultadas se veían bastante
bien. El tiempo dedicado al fútbol y el gimnasio parecían haber dado un buen
resultado. Un excelente trasero, sin duda. Entonces las grandes manos de Mr.
Thomas entran en la toma y separan mis nalgas. Mi culo peludo y moreno aparece
en escena. La vergüenza volvió a mí intempestivamente. Todo el orgullo por mi
bonito culo se vino abajo al ver obscenamente mostrada la parte más oculta de mi
cuerpo, allí, en la iluminada sala del Sr. Sato. Podía ver hasta el más pequeño
detalle de mi ano, abierto y expuesto, rodeado de vello oscuro, en medio de la
raja que lo dividía, también poblada de pelos.
- Eso, - explicó Sato -, es lo que puede llegar a salvarte el pellejo.
Tronó los dedos y el sirviente que nos había recibido apareció silenciosamente.
Me tomó por el codo y me llevó al interior del penthouse. Antes de salir miré
sobre mi hombro y vi a Sato, sentado en la sala mirando la imagen fija de mi ano
en la pantalla y a Mr. Thomas de pie a su lado, mirando hacia el enorme ventanal
y su majestuosa vista, mientras Sato le acariciaba la entrepierna distraídamente
sobre los pantalones, y el bulto de Mr. Thomas se hinchaba por el contacto.
El sirviente me llevó a una lujosa recamara rodeada de espejos. De uno de ellos
apareció un enorme guardarropa y el sirviente extrajo una lujosa tela sedosa y
de color rojo. Lo extendió sobre la cama y vi que era un kimono. El sirviente
empezó a desnudarme. Al principio traté de objetar, pero él ni siquiera parecía
entenderme y terminé por rendirme. Lo dejé que me quitara mi traje, ya bastante
arrugado a esa hora del día y que me llevara al baño, donde tomé una ducha
bastante refrescante y relajante.
Al salir, el sirviente me secó, me perfumó y me puso el kimono. Debajo no aceptó
dejarme ni los calzones, y ya para entonces, sabía que no iban mas que a
estorbarme. Empecé a temer que quisiera maquillarme con esa horrible máscara
blanca que había visto usaban las mujeres japonesas, pero afortunadamente no lo
hizo.
Ya vestido me regresó a la sala y desapareció. Mr. Thomas y el Sr. Sato tomaban
un aperitivo y hablaban sentados en la sala. Noté que la mano de Sato seguía
sobre los muslos abiertos de Thomas, y que mientras hablaban, le acariciaba el
paquete lánguidamente, como si no se diera cuenta de que lo hacía. Thomas
evidentemente estaba excitado, el bulto era muy notorio, pero su cara mostraba
la incomodidad de tener que aguantar lo que el japonés le hacía.
Al entrar en la sala, los ojillos de Sato parecieron achicarse aun más mientras
me miraba. Vi que alejaba la mano de la entrepierna de Thomas y la llevaba a la
suya propia. Como un gato relamiéndose se acarició su paquete sin dejar de
mirarme.
- Nuestro invitado está aquí, - dijo dirigiéndose a Mr. Thomas -, hagámosle los
honores.
Me indicó que me acercara a él y yo lo hice. De pie, el japonés me llegaba
apenas al hombro, mientras que Mr. Thomas me sacaba más de una cabeza. Eran una
pareja muy dispareja. El Sr. Sato, junto a mí, recorrió su mano por mi espalda,
bajando hasta mi trasero. Su mano, pequeña y delicada, comenzó a acariciar mis
glúteos, mientras Thomas me miraba directamente a los ojos sin tocarme, pero con
el bulto de sus pantalones notoriamente hinchado.
- Sácate ya esa verga, Thomas, y que empiece la fiesta.
Mr. Thomas se abrió la bragueta y se sacó el miembro. Estaba duro e hinchado. Su
cabeza roja apuntaba hacia arriba, exigiendo atención.
- Mastúrbate, - ordenó Sato.
Mr. Thomas empezó a menearse la verga. Era un hombre serio y trabajador. Verlo
allí, de pie en medio de esa sala, con la bragueta abierta y dándole duro a su
verga con la mano era algo extraño y excitante al mismo tiempo.
- No olvides los pezones, - añadió Sato -, bien sabes que te encanta que te los
pellizquen.
Mr. Thomas se aflojó la corbata y la desanudó. Se quitó el saco y desabotonó su
camisa. Su pecho era blanco, con fuertes pectorales y un fino vello rubio le
cubría desde el cuello hasta el ombligo. Sus tetillas rosadas estaban erectas y
firmes. Volvió a tomar su verga con la derecha, mientras la izquierda acariciaba
uno de sus pezones, acariciándolo primero y retorciéndolo con fuerza después.
Tanto Sato como yo no perdíamos detalle de lo que Thomas hacía, y mientras lo
hacíamos, la manita inquieta de Sato había entrado bajo el kimono y recorría mis
nalgas libremente.
- Esos duros pezoncitos quieren unas cuantas mordiditas -, dijo Sato casi en mi
oído.
Yo me incliné sobre el pecho de Mr. Thomas y tomé uno de sus pezones entre mis
labios. Mi jefe suspiró de placer contenido y yo descubrí que los pezones
masculinos pueden ser algo muy sabroso de morder. Empecé a alternar entre uno y
otro, mientras Sato alternaba sus atenciones entre mis nalgas de igual manera.
Las acariciaba o pellizcaba según se le antojara y yo lamía o mordía, según Sato
me hiciera a mí.
Después de un rato, Sato me ordenó que terminara de desvestir a Mr. Thomas. El
enorme gigante rubio pareció muy molesto con esa orden, pero no dijo nada, y
permitió que yo terminara de quitarle su camisa y desabrochara sus pantalones.
Debajo había un boxer blanco, que también terminé quitándole, así como zapatos y
calcetines.
Mr. Thomas estaba desnudo y yo tenía mi kimono. Eso me dio un sentimiento de
superioridad. Pero solo fue una sensación momentánea. En cuanto terminé de
desnudarlo me ordenaron que me pusiera sobre la mesa de centro a gatas y eso me
hizo sentir mucho menos superior que cualquiera en esa sala.
Sato acercó un sillón para que quedara yo a su alcance. Le dijo a Thomas que se
pusiera frente a mí para que yo le mamara la verga, lo cual hizo Thomas con
evidente placer. Tuve de nuevo su enorme miembro en la boca y comencé a lamerlo
y chuparlo sin esperar mas indicaciones.
El Sr. Sato se concentró entonces en mi trasero. Con inusitada lentitud comenzó
a subirme el kimono desde atrás, descubriendo mis piernas y muslos con mucha
paciencia. Tocaba mi piel conforme esta iba apareciendo y sentí sus dedos apenas
rozándome, con un aleteo breve y muy erótico.
Mr. Thomas se acomodó, sin sacar su enorme pito de mi boca y desde esa posición
pude mirar la pantalla. Ya no aparecía la imagen fija de mi culo, ahora podía
ver justamente la escena que estábamos representando en esa sala. Fue extraño
mirarme a mí mismo desde esa perspectiva. Seguramente la cámara estaba detrás
del Sr. Sato, porque podía verme de espaldas, sobre la mesa y con el kimono
abierto y subido, dejando mi trasero desnudo, y vi a Sato embebido entre mis
nalgas, besándolas y sobándolas suavemente. Era extraño sentir y ver al mismo
tiempo lo que estaba sintiendo.
- Thomas, - ordenó Sato -, ven aquí y ponte junto al invitado en la misma
posición.
A mi jefe no pareció gustarle el cambio, pero retiró su verga de mi boca y se
colocó junto a mí como le habían ordenado. Miré hacia la pantalla. La toma era
excelente. El culo blanco de mi jefe junto a mi culo moreno y velludo. Dos pares
de nalgas, dos pequeñas manos que las recorrían y pronto, dos agujeros asaltados
al mismo tiempo por pequeños y duros dedos.
Escuché el gemido de Mr. Thomas cuando Sato le metió un dedo, y al mismo tiempo
sentí que me hacía exactamente lo mismo. La cosa continuó, metiendo mas dedos
cada vez, hasta que ambos tuvimos 3 o 4 entrando y saliendo de nuestros anos. La
pantalla alternaba acercamientos a mi ano peludo y el ano de Thomas, rosado y
apenas rodeado de suave y dorado vello.
- Aprovechen que están así de juntos, - dijo cariñosamente Sato, - dense un buen
beso. Quiero verlos.
Yo miré a Mr. Thomas y supe que jamás podríamos hacer eso. El Sr. Sato sacó los
dedos de nuestros respectivos culos y nos palmeó las nalgas a los dos, mientras
nos gritaba que obedeciéramos.
Mr. Thomas aproximó su boca a la mía y no tuve mas remedio que aceptar su beso.
Su lengua hizo contacto con la mía y la cosa se dio mas naturalmente. Me olvidé
que era un hombre y que ese hombre era mi jefe y que además de todo me odiaba.
Lo besé apasionadamente y él correspondió. Eso pareció gustarle a Sato, porque
sentí sus dedos entrarme nuevamente y creo que hizo lo mismo con Thomas.
- Suficiente, - dijo Sato palmeándonos el trasero nuevamente -, ponte de pie
Thomas.
Mi jefe obedeció. Sato le pidió que le acercara su maletín y Thomas tomó un
pequeño estuche que estaba en el piso. Yo permanecí donde estaba y vi que Sato
sacaba del estuche varios dildos de distintos tamaños y formas. Unos eran largos
y delgados y otros gruesos y rugosos. Tragué saliva sabiendo lo que seguiría.
11:00 PM
Empezaron con los más pequeños y delgados. No tuve ningún problema para
soportarlos. Al principio fue algo incomodo y bastante penoso, pero a esas
alturas ya no me importaba nada. Mr. Thomas los engrasaba y se los pasaba a
Sato, que me los metía despacio, grabando para la posteridad su lento y sinuoso
paseo por mis entrañas. Parecía gustarle verlos desaparecer lentamente en mi
cuerpo, y disfrutaba mirando mi cara y los gestos que hacía mientras me
penetraban. El tamaño de los dildos fue en aumento, y empecé a temer por la hora
en que llegara a los realmente grandes. Afortunadamente, Sato se detuvo antes de
eso.
Sato se sentó en la sala nuevamente y le indicó a Thomas que se sentara a su
lado. A mí en cambio me dijo que lo hiciera a sus pies, sobre la alfombra, así
que me senté allí como si fuera una mascota en vez de un ser humano. El
sirviente les trajo a ellos copas de vino helado y a mi nada, y por supuesto no
me atreví a pedirle nada. Sato no dejó que la erección de Mr. Thomas
disminuyera. En cuanto veía que la enorme verga rubia de mi jefe empezaba a
decaer, la acariciaba o me ordenaba que se la mamara. Eso ponía el chile de mi
jefe duro nuevamente, manteniendo a Thomas como loco y sin dejarlo tener un
orgasmo.
Sato preguntó si no me gustaría beber un poco de vino y yo contesté que sí.
Entonces cerró los muslos de Thomas y le dijo que se recostara un poco. Vació su
copa de vino helado sobre la caliente y roja verga de mi jefe. Se formó un
pequeño charco en su entrepierna, y me ordenó que bebiera. Lamí el vino que
escurría de su verga y que empapaba sus huevos y los vellos rubios de su pubis.
Mientras yo lamía, Sato retorcía los rosados pezones de mi jefe, logrando que
éste gimiera descontrolado. Cuando vio las señales de un próximo orgasmo me
ordenó que me detuviera.
Durante todo ese tiempo Sato nunca se desnudó. Siempre llevó puesto su negro
kimono y no había mostrado ni la menor parte de su cuerpo.
Al terminar la escena del vino, el Sr. Sato tomó una de las servilletas de lino
y me vendó los ojos. Me sentí nervioso y atemorizado. Me tomaron de la mano, uno
de cada lado y me llevaron a otra habitación, imagino que su recámara, porque me
subieron a una superficie mullida y cómoda que adiviné sería su cama.
Allí, me quitaron mi kimono rojo y ya desnudo me acostaron boca abajo. Mis
nalgas fueron separadas y alguien me montó. Mi cuerpo se tensó esperando la
inminente penetración. El miembro que empujaba por entrar se sentía duro y
caliente, y finalmente entró en mi cuerpo. No hubo el dolor que yo había
esperado. El tamaño era bastante pequeño, porque lo sentía igual que los
pequeños dildos que ya me habían metido antes y que no me habían lastimado.
Recordé que se decía que los orientales tienen miembros pequeños, así como se
comentaba que los negros lo tienen enorme. Di gracias de que el socio
mayoritario fuera japonés y no de raza negra. Definitivamente el pene de Sato
era pequeño, pero de que estaba duro no había duda. Lo sentía clavarse dentro de
mí como si fuera un cuchillo de acero templado. Bombeó con fuerza varios minutos
y finalmente se vino dentro de mí. Escuché su aullido de placer e inmediatamente
se salió. Rogaba porque ya todo hubiera terminado.
Me quitaron la venda de los ojos. El Sr. Sato estaba sentado en un sillón cerca
de la cama, con el kimono puesto. Se veía sudado y con esa mirada plácida que
deja un buen y gratificante orgasmo. No me cupo ninguna duda que él era quien me
había montado. El porqué no deseaba que yo lo viera desnudo era un misterio y yo
no estaba en posición de exigir explicación alguna.
Mr. Thomas seguía tan desnudo como yo, y por lo visto igual de caliente como
había estado durante toda la tarde y noche.
- Ok, Thomas, - le indicó Sato, - cójetelo de una buena vez, que me muero por
ver ese culo desgarrado por tu gran herramienta
Esta vez Thomas no hizo esfuerzo por hacerme sentir su desdén y su desprecio. Me
empujó sobre la cama nuevamente y no me dio tiempo ni de ponerme nervioso. Su
verga roja y erecta se posicionó sobre mis nalgas. Hizo algunos movimientos de
vaivén entre la raja de mis nalgas, al parecer disfrutando del roce de mis
vellos y sin miramiento alguno apuntó a mi agujero y me la metió de un solo
golpe.
Si yo hubiera imaginado, al menos la décima parte de lo que iba a sentir,
hubiera salido corriendo de esa habitación sin que me hubiera importado ni la
amenaza de ir a la cárcel. Ni los dildos, ni la juguetona verga de Sato habían
logrado prepararme para la embestida de los 20 cms de Mr. Thomas a todo vapor y
de un solo y definitivo empuje.
El dolor no puedo ni describirlo. La sensación de que te abren y te estiran el
culo hasta creer que te lo van a reventar y morirás desangrado y desgarrado es
algo imposible de narrar. El grito de pánico se me atoró en la garganta y mis
manos se crisparon sobre la almohada a la que me agarraba como naufrago en el
mar.
Thomas no quería ni le importaba mi bienestar. Me odiaba, y además de poder
vengarse de mí, estaba encontrando un placer indescriptible a su larga noche de
constante excitación. Sato parecía disfrutar enormemente del espectáculo.
- Eso es, Thomas, rómpele el culo. Enséñale quien manda aquí. Quien es el jefe.
Muéstrale lo que le sucede a los traidores y ladrones como él. Que pague por
defraudar a nuestra empresa.
Yo no quería saber nada de todo eso. Yo sólo quería que el fierro que me partía
en dos saliera de mi cuerpo y me dejara en paz. Pero nada de eso. La verga
entraba y salía como un demonio. Sentía las manos grandes y sudorosas sobre mi
espalda y los embates de su cadera contra mis nalgas. Sus huevos golpeaban entre
mis piernas y el martilleo parecía no tener fin.
Algo dentro de mí se rompió y se abrió como una flor en la noche. Algo que me
obligó a abrir las piernas y aflojar las nalgas. Me rendí y ya no luché. Esa
verga ya no sería una intrusa en mi cuerpo. Ese algo le daba la bienvenida y
parecía querer absorberla y atraparla dentro de mi cuerpo.
Thomas debió sentirlo también, porque sus furiosas embestidas se calmaron un
poco. Su verga empezó a deslizarse con más calma, podía sentir sus hinchados
centímetros entrarme uno a uno, notaba las venas de su pene frotando contra las
paredes de mi ano y su cabeza casi se salía para volver a abrirse paso justo
cuando mi esfínter parecía cerrarse nuevamente. Entramos en un acompasado ritmo
que me hizo casi desear que aquello no terminara.
Sato y su mente enferma no parecían disfrutar de la nueva situación. Entre la
orgía de sensaciones lo vi salir de la habitación y regresar casi
inmediatamente. Traía uno de los dildos que había sacado de su estuche. No era
de los que había usado conmigo. Este era de marfil, duro y negro, y el más
grande de todos sin duda.
Se aproximó a nosotros. Mi jefe ni cuenta se había dado que Sato había
abandonado su silla. Thomas estaba enfrascado en la sensación que mi culo le
daba y nada mas le importaba. Sato se aproximó a sus espaldas y acomodó el dildo
entre las blancas nalgas de mi jefe. Él detuvo sus embestidas cuando sintió algo
entre sus nalgas. En esa fracción de segundo Sato le metió el enorme dildo de un
solo tirón.
Mr. Thomas gritó y su verga se crispó dentro de mí.
- Para que sigas disfrutando, querido Thomas,- le susurró Sato al oído,
malévolamente.
Mantuvo el dildo profundamente clavado en el culo de mi jefe y le ordenó
continuar. Las lentas y sabrosas embestidas que habíamos llegado a disfrutar se
terminaron en ese momento. Mr. Thomas enloqueció. El dildo dentro de su cuerpo
pareció convertirlo en un demonio. Empezó a bombear dentro de mí como un
enajenado y la sensación dolorosa y estremecedora volvió a partirme el culo por
la mitad. Ya no había marcha atrás, y Mr. Thomas continuó cogiéndome como si
fuera el último día de nuestras vidas.
Nos venimos en cuestión de pocos minutos, ambos, en una peligrosa mezcla de
placer y dolor, que sin que lo supiéramos en ese momento cambiaría nuestras
vidas para siempre.
Después de esa noche, conservé mi puesto en la empresa, y saldé mi deuda. O al
menos eso creí en aquel momento. Meses después, en una de aquellas visitas
esporádicas que nos hacia, fui llamado a la oficina del Sr. Sato, y tristemente
comprendí que hay algunas deudas que por mucho que vayas abonando nunca terminas
de liquidar.
Si te gustó, házmelo saber.
Autor: Altair7 Altair7 (arroba) hotmail.com