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EN UNOS MINUTOS Jesús se relamía de gusto, yo estaba siendo acogido por su culito apretado, un culito que me provocaba goces inusitados, un esfínter que me estrujaba la polla como una ordeñadora industrial
MINUTO UNO
Rebullí en la cama mientras esperaba a que Jesús terminara de prepararse. No
hacía mucho que conocía a Jesús, no sabía si podía fiarme de él o no, pero
siempre he sido demasiado dubitativo como para entender lo que hago. Quizás
serían sus ojos sinceros los que me impulsaron a acogerle esa noche en mi casa,
o las ansias por compartir lecho con un hombre tan guapo, tan prieto, o quizás
era mi soledad, que engendraba monstruos que sólo podía combatir imaginándome a
las personas, sustituyéndolas por lo que son en realidad. Siempre he tenido ese
defecto y hasta ahora no lo he podido eliminar. Durante estos 45 años he estado
intentando hallar otras personas como yo, mas siempre me han dejado tan solo
como un astronauta, como el puto Beagle en Marte. Ahora Jesús tarda tanto, ¿qué
cojones estará haciendo allá, en el baño? No he conocido a nadie que tarde tanto
para vaciarse para que le den por culo.
-Jesús, ¿cuánto te falta? -Ahora mismo salgo, Eduardo- su voz es la de un tenor.
Hombre perfecto, de voz perfecta. De profesión profesor de historia
contemporánea europea, y de afición actor teatral. Nunca te fíes de un actor.
¿Por qué me fiaría de alguien que está acostumbrado a mentir? Quizás porque sus
mentiras son honestas, más que las de nosotros, acostumbrados a mentir por
mezquinos intereses día a día. Nada puedes esperar de un actor en una tarima
salvo que represente, reflexioné. Pero sin embargo, crees al primero que te dice
"te quiero". Mis manos repasaron el embozo de las sábanas. Siempre he sido un
hombre pudoroso, aunque ahora me ofrezca desnudo a Jesús más allá de las sedas
negras que se acoplan en torno a mis muslos, acariciándolos lentamente, como si
la seda fuera una tenue lengua que despliega sus líquidas alas sobre mis piernas
velludas, con algunas canas, la edad no pasa en balde, tantos pelos aquí abajo,
en mi pubis mientras tan pocos en mi cabeza, los removía con curiosidad para
observar a mi flácido pene tambalearse entre mis dedos y a mis testículos
escurrirse entre mis manos. Tantas cosas han pasado por aquí. Tantas personas
han gozado con mi polla. ¡Y mi cuerpo! Pues no en vano ha sido escupido, gozado,
follado, lamido, besado. Volví a mirar al pasillo en busca de la débil luz que
salía del baño mientras dejaba caer la sábana hasta mis pies descuidadamente....
MINUTO DOS
Sí, he sido gozado de tantas maneras, y desde el principio. Y qué principio.
Martín era un muchacho de mi mismo curso. Y teníamos los dos la misma edad.
Todas las muchachas lo amaban, su cuerpo no en vano era el de un silfo: fibroso,
delgado, de sonrisa franca y de culito prieto. Tierna belleza adolescente.
¿Recuerdas, Eduardo, la primera vez que le acariciaste los cabellos rubios?
Siempre habíamos sido amigos y no era extraño que nos besáramos cuando los demás
no nos veía extremo calor y recogí sudor que se disponía a empañar sus ojos
verdes.
Él me sonrió, hasta entonces todo era un juego de muchachos, casi de niños. Yo
chupé mis dedos, su sudor era salado y sabía como el mar. Él me miró y supe que
el juego había finalizado. Lo comprendí por la turbación de su mirada y por el
temblor de su labio inferior, que se apresuró a morder. Yo me decidí y me eché
sobre él, besándole, él no quiso apartarme y rodamos besándonos desde la calzada
hasta el campo de espigas, la tierra arañaba nuestras juveniles pantorrillas
pero nuestros labios saboreaban algo demasiado dulce como para prestar atención
al dolor.
-¿Te ha gustado?- me preguntó temeroso cuando terminamos.
-Mucho- respondí.
-Pero el padre dice que es pecado- capté el miedo en sus ojos esmeralda.
-Lo que es pecado es lo que hace el padre con María la del Molino- repliqué, no
estaba dispuesto a perder aquello que me gustaba tanto y le volví a besar para
acallar sus miedos. Le besé más y él se mostró desconcertado, sus padres eran
muy católicos.
-¿Y ahora? -Ahora nos quitamos la ropa& a ver cómo tienes la verga- dije entre
risas.
Sí, aquello era más que un juego, un juego de quienes hace tiempo les ha salido
el vello de las pelotas, de dos jóvenes que se dedican a chuparse, mi boca hasta
entonces no había recibido miembro alguno y tuvo que saborear el de Martín. Era
pequeño, pero muy sabroso y tan duro como una piedra. Seguí saboreándolo
mientras aparté la rubia pelambre que emergía desde su pubis y sorbí sus pelotas
al mismo tiempo que él me masturbaba enloquecido.
-¿Te gusta?- preguntó.
-Mucho. Sabe muy bien. ¿Por qué no pruebas tú la mía?
El juego se hizo más complicado cuando Martín deslizó sus carnosos labios hasta
mi verga y la recibió, la caricia era impresionante, nunca antes me habían
chupado. Era el primer sexo que Martín chupaba, eso lo supe más tarde, pero lo
hacía con la determinación de un profesional. Yo jugueteaba con su cabeza, como
la tenía pequeña, me la podía meter entera en la boca, qué bien sabía y qué bien
olía, mientras la chupaba acariciaba su cabeza con mi lengua. Me aventuré más
abajo y me separé de él.
-¿Qué haces?- me preguntó.
-Algo que dicen que da más gusto- yo nunca había penetrado a nadie, pero las
nalgas de mi amigo eran tan prietas, -No me parece bien, dicen que es pecado.
Mi sexo se eleva, y tensa la sábana. Esa cita me ha salvado en numerosas
ocasiones, y en otras ha sido el leit motiv de mi vida. ¡Qué casualidad que un
amante lesbiano más tarde recurriera a ella! La clave de la libertad. Jesús aún
no sale.
Así que así estábamos mi amigo Martín y yo, en plena diatriba sobre la necesidad
del sexo y su resolución. Martín se rindió finalmente a mis requerimientos y se
colocó como un perrito.
-Edu, -¿Qué? -Por favor, sé tierno conmigo.
-Lo seré, Martín. Te quiero.
-Yo también.
No me costó mucho besar y lubricar aquel agujero, rosado, estrechito pero
acogedor. Martín deliraba de pleno vicio, tú en cambio te deleitabas sádicamente
en elongar su placer y su dolor cuando introdujiste tus dedos en su cámara
virginal. Su ano nunca había sido follado, pero yo no pude esperar más, me
incliné y se la metí hasta el fondo de su agujero negro, lanzó un grito de dolor
que se transformó en placer, yo comencé el mete y saca en el culo de Martín
quien ahora gemía de gusto, con mi mano lo masturbaba y se corrió antes, me
llenó la mano de su semen, no aguanté más y también me corrí llenándole su culo
con toda mi leche.
Me acerqué a su oído y le dije bajito:
-¿Te gustó? -Mucho.
-Yo sólo quiero complacerte. Eres mi mejor amigo.
Acaricié sus cabellos una vez más y nos vestimos.
¿Supiste alguna vez cuánto te amó ese joven, Eduardo? Y pensar que más tarde lo
verías en cualquier picadero de Madrid ofreciendo su ojete al mejor postor.
Entonces no estábamos juntos. Sus padres lo quisieron "curar" y lo destrozaron.
Los amores de juventud son flores: hermosos, mueren pronto.
Sí que tarda Jesús.
MINUTO TRES
Pero el que me hizo ser como soy, el que me hizo ser algo más que un macho no
fue Martín, reflexionaba mientras me acariciaba el glande, rojo y húmedo. Con
quien descubrí el sexo en su esplendor fue con el mejor amigo de papá, Eusebio.
¿Recuerdas Eduardo cuando tus amigos llevaban a tu padre hecho una cuba a casa?
De todos ellos el único que no tenía mujer ni bastardos era Don Eusebio. ¿Por
qué te atraía tanto su cuerpo a los diez y ocho años? Después de que Martín
fuera enviado a Madrid a casa de sus tíos tras haber sido sorprendido con otro
muchacho, pediste algo más. Sí, pedí ser alguien más, creyendo que mi destino de
hombre tardaba demasiado en llegar. Y así me fijé en el amigo soltero de mi
padre, quién sabe la de habladurías que había en el pueblo sobre él. Pero él era
el hombre más libre que jamás hube conocido, los comentarios resbalaban sobre
sus espaldas como el aceite sobre el agua.
Qué rico estaba el señor Eusebio, ¿verdad? Era mayor que papá, no en vano había
cumplido los 50 hacía tiempo, pero qué importaba si fue él quien sacó de la
cárcel a mi padre tras la guerra. Qué rico estaba el señor Eusebio a pesar de
los 50 y pico. Él sí que había conservado toda su pelambrera, sus cabellos eran
extremadamente largos para la época, casi como un hippie, canosos a pesar del
alabastro que había poblado originariamente aquella región. La talla, alta, la
complexión, fuerte, la barba poblada pero muy cuidada, también habitada por
numerosas canas, así no había pelo que cediera. Y ese pedazo de bulto en la
entrepierna que delataba esa enorme polla. Era un gigante hercúleo, mi héroe de
la infancia, el que se empalmaba cuando me sentaba en sus rodillas. El que me
llevó a la capital de la provincia para hacerme mi primer traje de mayor con sus
pantalones largos. Guapo, muy guapo. Era mi padrino y partimos juntos una mañana
de febrero. Cosas que ocurren en Castilla.
Durante el viaje hacia la capital de provincias, le pregunté: -padrino, ¿a qué
capital vamos? -A la pequeña, hijo, a la pequeña- yo sabía que él espiaba mis
jóvenes piernas, que duras y tersas se ofrecían morenas, no cubiertas por mis
nimios pantalones. Un cuerpo de hombre amenazaba desde una vestimenta de
adolescente.
-Padrino, ¿usted cree que mis piernas son lo suficientemente fuertes? -Llámame
Eusebio, hijo, y tutéame.-Sólo si me llama Eduardo en vez de hijo. -Trato hecho.
Estrechamos las manos y un fino temblor nos invadió. Yo le miré con deseo, pero
nuestra lascivia no pasó más allá. Él me espiaba los muslos y yo empujaba hacia
arriba mis pantalones hasta mi pelvis. Ya tenía abundante vello en aquel
entonces y los ojos negros de mi padrino seguían delectuosos las líneas de mi
vello, que como el más caprichoso de los mármoles confluían en mi pubis. Y eso
él lo sabía.
-¿Qué pasó con tu amigo, Martín? -Le han llevado a Madrid por mariquita.
-¿Y tú qué opinas de eso? -Nada.
-¿Nada? húmeda y dura. Eusebio no sabía hasta que punto yo era expeditivo en la
cama.
-¡Vas a conseguir que nos matemos! -¡Me da igual!- repliqué como un niño al que
niegan un juguete- ¡Fóllame! ¡Como Sócrates con Platón! -¿Qué? -Sócrates era el
maestro de Platón y no sólo le enseñó la filosofía, también le hizo suyo.
-Está bien chiquillo, te haré mío esta noche en el hostal. Luego no digas que tú
no lo has querido.
Resoplé de placer en la cama mientras esperaba a Jesús. No me he arrepentido de
nada en la vida, y menos aún de todo lo que gocé aquella noche.
Tras hablar con un viejo sastre que se encargaría de mi primer traje, Eusebio me
llevó a uno de aquellos mesones de la posguerra franquista, destartalados y
sombríos. La sordidez de aquellas gentes nunca cambiaría, estaba esculpida en
roca castellana. Eusebio me dijo ya en la habitación: -Y, ¿ahora qué?
Yo no le respondí, sólo me desnudé ante su mirada atónita. Sólo me desnudé y
cuando dejé caer mis calzoncillos, noté las manos de Eusebio acariciar con
cierta aspereza mis muslos, subiendo hasta mis pezones mientras su boca besaba
casta mis mejillas. Yo respondí a sus besos, y ahora sí, en aquel pútrido hostal
nos besamos los dos, Eusebio era todo un experto pero yo no me quedaba atrás,
¿verdad? Me prendí en torno a su espesa barba y reposé la punta de mis dedos en
sus quijadas, mezclando mis dígitos con su vello, ¡oh, delicia! Nos besamos
suavemente, nuestras lenguas hablaban sin voz, él sabía bien y el olor de su
aftershave se hacía cada vez más notable y asfixiante, adoraba su asfixia,
quisiera que siguiera así, pero cuando nos separamos y nos miramos a los ojos
comprendí que no había llegado a su fin. Acababa de comenzar.
Ahora él se desnudó. Eusebio era tan sexy... Y Jesús tarda tanto. No era hombre,
sino oso, sus vellos eran más hermosos que el más delicado de los trajes, en
vocablos más simples, estaba cojonudo, y cojonudo era porque dos hermosos huevos
colgaban del vello pubiano y una hermosa verga se elevaba hasta su tripita,
mojando su propio ombligo con líquido preseminal.
Me sonrió y me acerqué, acariciando el masculino cuerpo, mmmh, aún lo recuerdo y
aún me empalmo con ello, rico, rico, fuerte y maduro, me besaba y yo le mesaba
las barbas, apretaba sus duras y respingonas nalgas, él metía un dedo entre las
mías hasta llegar a mi ano, yo jamás lo había usado antes, se lo dije, me
contestó:
-Siempre hay una primera vez. Tranquilo, cachorrito.
Y cuando aquel hombre rudo me llamó "cachorrito" con tanta ternura yo no pude
evitar abrirme (en todos los sentidos) y ser el imbécil que desde entonces he
sido. Le dejé hacer y descubrí que la caricia era muy placentera, una de mis
manos frotaba su pija gorda, me arrodillé ante el enorme falo, lo besé, olía a
hombre sudoroso, hombre del campo, no hizo falta descapullarlo, lamía aquella
gran cabeza y creí morir cuando traspasó mi garganta. Como el mejor jamón, que
goza y escuece al tragarlo, su polla destilaba gotas de precum saladas y
picantes. Él era el agua y yo quería ser su fuente.
-Basta, basta, que te voy a moler- me dijo cariñoso.
-Ahora salgo- me avisa Jesús-, sólo un minuto.
La inesperada incursión de Jesús me distrae. No es la misma habitación, ni la
misma cama. Pero sí fue el mismo cuerpo el que fue depositado en el lecho
nupcial aquella noche en esa mugrienta habitación. Un cuerpo no de novicio,
sacrificado cuando Eusebio elevó m polla con su lengua y yo se la limpié a él.
El momento había terminado y nuestros penes descansaban juntos, fláccidos.
Nos miramos y nos besamos dulces, como dos machos agotados, y así era, pues la
follada había sido intensísima. Miró al baño. La palangana era lo
suficientemente grande como para que cupiéramos los dos. Pronto estábamos
dentro, bañándonos. Aunque yo casi había desarrollado del todo, él era aún más
alto que yo, por lo que me senté en su regazo mientras me echaba agua caliente.
No hablábamos; las palabras sonarían horrendas en tan mágico arrebato y sólo nos
bañábamos mutuamente. Después, más serenos, hablamos. Y cuando aquella noche
terminó yo también supe lo que era penetrar a un macho.
¿Qué habrá sido de Eusebio? La última vez que lo vi huyó a Madrid por la ley de
peligrosidad social. Ama y haz lo que quieras. Él era todo un hombre y
probablemente eso fue lo que hizo. Hasta el fin de sus días.
MINUTOS
-¿Qué haces, Jesús? Esta cama está muy calentita, pero comienza a enfriarse.
-No preocupes, Eduardo. Es por la cena. Enseguida estoy.
Enseguida estoy, ya parecemos un matrimonio perfectamente avenido, perfectamente
avejentado, una de esas unidades que comen, cagan y mueren. Y no aman. Nadie
preguntará por la verdad, sólo por tapar las apariencias. A Jesús lo conocí a
través de Alexander, mi amigo el transexual. Una noche de mayo en un pequeño
café madrileño, uno de esos pocos cuarteles que intentan frenar desesperados la
especulación artística de nuestra ex-hermosa ciudad. Apenas viste a Jesús, te
encaprichaste de él, ¿verdad? Sus ojos verdes como los de Martín, aunque sin
heroína en las pupilas.
Las canas, casi idénticas a las de Eusebio, que daban un toque de gracia a su
adusto rostro cántabro, herencia de la cual no ha podido desprenderse a pesar de
sus veintipico años viviendo en Madrid. El hermoso rostro afeitado, maduro, sí
que era una novedad para mí; lo más importante de los hombres son los rostros.
Tras el entremés le pedí a Alexander que me lo presentara. La primera vez no le
llamaste la atención, ¿verdad, Eduardo? Los guionistas pedantes no suelen ser
del gusto de nadie, sobre todo si es más culto que tú. La segunda vez, en junio,
sí bebió los vientos por ti: en casa de Alexander, medio borrachos los dos,
descamisados y borrachos los asistentes, te atreviste a hablar con él cara a
cara, le encantaron mis palabras francas y llanas y también mi pecho velludo.
Después, borracho como una cuba Alexander nos llevó a todos a la piscina y allí
nos besamos, mi barba contra sus mejillas, sus ojos selváticos abiertos
aspirando mi alma, los míos cerrados hasta que me suspiró beber de mi abismo.
Pero nos separamos, la levedad del alcohol me hizo suspirar por un intelectual
flatulento que me había dicho "te quiero" hacía dos meses. Su mentira se mostró
tan cierta como mi error, que hoy había intentado reparar. Solo o ansia por
estar solo. Conozco esa sensación. Supongo que Jesús también. Demasiado mayores
para perseguir a jovencitos, pero con las mismas ansias prendidas del sexo. Amé
e hice lo que quise. Ahora sabría si algo de todo valió la pena o si por lo
menos aprendí algo.
La puerta se abre. Entra Jesús en la habitación. Los cabellos albos peinados
hacia atrás, el gesto grave, el pecho desnudo y las caderas excitadas cubiertas
por la toalla que paseó por mi sexo todas las mañanas sujeta por sus manos.
Sonríe y golpea con un macizo pene, agitando cama. Nos sonreímos. Primero un
tímido beso, arrodillado. Luego me alzó, los cipotes ya erectos se tocan y le
humedezco con mis fluidos. Un beso más fuerte, mojando los labios y sacando las
lenguas. Unos suspiros masculinos y por fin deposita su peso encima de mí,
nuestras lenguas juntan, el beso deseado, si nos separamos las lenguas siguen
unidas en este morreo.
Gemimos y nos abrazamos, su cuerpo, delicioso, tiento sus nalgas prietas que él
mueve travieso, sus delicioso culo peludo. Las suyas me retuercen los pezones y
pronto, muy pronto inicia la incursión para lamer todo mi cuerpo, desde mi
cuello hasta que toma un condón de la mesilla y lo pone él mismo, mi cabeza roja
aprisionada, brillante, hasta que Jesús se la introduce de un bocado en la boca.
Me chupa con fuerza, con pasión, su lengua es poderosa, me acaricia con los
dedos los peludos huevos, tira de ellos hasta hacerme daño, eleva los muslos
mientras me la sigue chupando y deja al descubierto mi ano maduro, cubierto de
pelo. Se retira para mejor contemplarlo y sonriente me dice: -Por aquí ya han
pasado unos cuantos- juega con mi esfínter con su índice y luego se chupa el
dedo.
-Pues tú eres el siguiente, es todo tuyo.
Lame mi agujero negro, la punta de su lengua se mete dentro y me produce mucho
placer, se da cuenta de que ha abandonado mi rabo y lo pajea hasta que se lo
mete de nuevo en la boca, pero no deja mi culo solo, me mete un dedo que inicia
un mete saca exprimiendo mi inflamada próstata. Ooh, qué rico, este hombre me
eleva al séptimo cielo. Poco a poco siento que me voy a correr y le alejo de mí
con violencia, le beso y muerdo sus labios, su oreja, chupo su cuello y me
dirijo hacia esos gigantescos pezones que destacan rosados en sus tetillas.
Los chupo, tironeo de ellos, los muerdo mientras él gime de gusto, bajo hasta su
sexo, otro condón, le visto poniéndoselo con la boca y se la chupo como un
desquiciado, es tan placentero el olor de su polla que se la chupo todo lo que
puedo, su polla gorda es engullida completamente, mi garganta violada, yo
asfixiado, pero me encanta, me intenta separar, pero yo sigo aspirando su polla,
hasta que me echa sobre la cama y se sienta encima de mi boca, dejándome sus
huevos, que lamo y sorbo, la polla de nuevo me atrae y se sienta hincando su
rabazo gordo en mi boca, follándola con grandes espasmos como si fuera un coño,
siento su polla entrar y salir a toda prisa, quemándome con su polla ardiente.
Le paro con un cachete en sus nalgas redondas y me sitúo detrás de él, dejándole
a 4 patas. Beso sus nalgas, masajeo los globos carnosos con mis manos, los
muerdo, los azoto, separo las nalgas y me encuentro su ano escondido pero
enrojecido, excitado por la polla que se va a comer. Lo lamo, los pelos de
alrededor me hacen cosquillas, él suspira de gozo, me chupo dos dedos y se los
meto inclemente, le masturbo el culo, él lo mueve al compás de mis dedos, en
círculos que me vuelven loco, mientras le meto los dedos le voy azotando con la
otra mano:
-¿Te gusta? -¡Fóllame!
Yo tampoco podía contenerme más, cambié mi condón y le eché lubricante. Sujeté
sus nalgas abiertas y presioné la punta de mi polla contra su ojete. Lentamente,
el esfínter rojo se fue dilatando y el rictus de agonía del rostro de Jesús se
convirtió en una mueca de placer mientras se relamía de gusto. Yo estaba siendo
acogido por su culito apretado, un culito que por dentro estaba lleno de estrías
que me provocaban goces inusitados, un esfínter que me estrujaba la polla como
una ordeñadora industrial. Se la metí hasta el fondo, mi polla hizo tope, mi
pubis con sus nalgas y no se podía distinguir cuáles vellos eran míos y cuáles
eran suyos. Follé a ojal abierto, jugando con él y desparramando el lubricante.
-Vale, pero ¿cómo se pide? -Fóllame, por favor.
-Como me pones…
Y le debí de poner porque toda su polla entró de una estocada como un nadador en
el agua y mientras me la metía y sacaba, provocándome escalofríos de placer, me
tomó de los tobillos y los elevó, golpeando sus pelotas contra mis nalgas. Me
soltó y me dejó con los tobillos en sus hombros, mientras me golpeaba las
tetillas y me atormentaba los pezones, dejándome en éxtasis para finalmente
dejar mis piernas al aire y doblarse sobre mí mientras me la metía, cada vez más
rápido, me jalaba la polla y yo me sentía cómo ésta se deshacía de placer, su
polla entraba y salía de mí cada vez más rápido, destrozando mi culo, abriéndome
de placer, compartiendo los labios, besándonos hasta que sus manos obraron el
milagro y me corrí, inundando nuestros cuerpos de leche al mismo tiempo que él
rebosaba su condón dentro de mí, en mi culito.
Su pene tumescente salió, nuestros ojos se encontraron, de nuevo sus esmeraldas
contra mi abismo, y de nuevo las bocas abiertas, humedecidas por el orgasmo, no
deseaba otra cosa salvo tú y después, tú, Jesús, el hombre que había vuelto a
abrirme, el hombre que frotaba su cuerpo voluptuosamente contra el mío, las dos
bocas compartiendo humores, palabras, vahos de alma… compartiendo todo.
Lo más placentero de la vida ocurre sólo en unos minutos.
Autor: Majsingle82