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| Mini relato: Ahora le vas a lamer sus pies o te parto el alma a patadas. No había nada más que hacer; ahogado por el dolor y el llanto, incliné mi rostro y me dediqué a lamerle los pies a mi peor enemigo como si yo fuera su perro. Sentía arcadas, pero a cada muestra mía de indecisión, papá me incentivaba con una nueva patada cada vez más violenta. Yo intentaba no mirar a Julián a la cara, por que su sonrisa de satisfacción y esa arrogancia suya me hacían sentir aún más humillado. Papá me indicaba cómo debía lamerle los pies a mi odiado hermano, haciéndome repasarle mi lengua por las plantas, por el empeine y meterla entre sus dedos. Era como si el viejo disfrutara viéndome humillado a los pies de Julián, pues no era la primera vez que me había obligado a algo similar. Durante los 2 últimos años me había hecho lamerle los zapatos infinidad de veces, cuando el cabrón decía que yo no se los había lustrado adecuadamente. En cambio yo estaba muriéndome de humillación y de asco; no por que el canalla tuviera sus pies sucios, por que debo reconocer a pesar de todo que mi odiado hermano ha sido siempre muy pulcro con su aseo; además sus plantas suaves y sonrosadas hasta me hubiesen parecido hermosas si fueran los pies de otro chico. Pero es que él era mi peor enemigo y a nadie se le ocurriría sentirse a gusto lamiéndole los pies precisamente a alguien a quien odia con toda el alma, como yo había odiado siempre a Julián. Y el tiempo durante el cual el viejo me obligó a lamerle los pies a mi odiado hermano duró hasta que el mismo Julián seguramente se hartó y le pidió a papá que me liberara para que fuera a prepararle el desayuno. Me fui a ello, deplorando no tener arsénico para condimentarle sus huevos con tocino; pero aliviado un poco por ya no tener que seguirle lamiendo los pies; aunque todo mi cuerpo me dolía como un demonio y mi boca estaba hinchada por las bofetadas que me habían propinado el viejo y el canalla de Julián. Esa tarde vino Martín y tuvimos tiempo para hablar por que mi cruel familia había salido de compras. Apenas verlo llegar me arrojé a sus brazos sollozando e intentando hacer coherente el relato de lo que había pasado en la mañana. Me avergonzaba contarle que me había visto obligado a lamerle los pies a Julián como si yo fuera su perro; pero quería que se enterara de todo; que pudiera dimensionar todo lo miserable que era mi vida; así me regalaría algo de su ternura y me consolaría con esa sonrisa suya tan dulce. Pareció interesarse particularmente en mis desventuras de esa mañana y me pidió con algo de apremio que le relatara todo con detalles; quería saber qué había sentido yo lamiéndole los pies a mi odiado hermano, cómo lo había hecho, durante cuánto tiempo había estado sometido a semejante humillación. Me pareció que lo seducía mi desgracia; pero al momento me recriminé por pensar eso de él y achaqué su curiosidad al deseo de permitirme desahogarme. Pero la verdad era que estaba excitado, a tal punto que aquella tarde fue una de las poquísimas veces que me pidió que le chupara la verga. Nos fuimos al cuarto de servicio que ahora era mi habitación y allí me arrodillé a sus pies, desabroché su pantalón y saqué su verga para mamársela con total entrega. Y esa vez fue verdaderamente placentera para ambos, por que no tuve que esforzarme para hacérsela poner dura pues ya la tenía como un riel y además empapada de líquido preseminal. Bastaron unos pocos minutos de intensos lengüetazos y chupeteos para que mi adorado Martín me inundara la boca con una eyaculación abundantísima, que me permitió deleitarme con ese semen suyo que me sabía a gloria por ser el de mi adorado. Luego de haberlo complacido de semejante forma y de habérsela chupado hasta dejársela completamente limpia; me quedé de rodillas ante él y le imploré que me ayudara a salir de esa situación que me estaba ahogando de dolor y humillación. Me sonrió con ternura, me dedicó una dulce mirada, me pasó su mano por mi cabeza y me dijo: Creo que la única forma para que te salgas de toda esta situación será que te vayas de casa. ¿Pero cómo? – le inquirí – Si yo no tengo ni un céntimo. Me moriría de hambre. Ya he pensado en eso – me dijo con una sonrisa enigmática. Luego me preguntó: ¿Harías lo que fuera por salir de aquí? Para mí no había duda. Si tenía que venderle mi alma al diablo lo haría con tal de poder liberarme de mi cruel familia y sobre todo de la humillación y el dolor que me provocaba la cercanía de mi odiado hermano menor. Se lo dije a Martín y él, con su enigmática sonrisa, me dijo: Si estás seguro que harías lo que fuera, entonces creo que te podré ayudar. Yo estaba a punto de gritar de ansiedad. Martín tenía un plan y yo quería saberlo de una vez por todas, nada que pudiera ocurrírsele a él sería malo para mí, y menos aún si su idea iba a ayudarme a salir de la miserable condición en que me encontraba. Pero él apenas sonreía mientras con gesto dulce seguía pasando su mano por mi cabeza. Era como si disfrutara con mi expectación, aunque yo creía que estaba tomándose un momento para acabar de calmarme con su ternura, antes de dejarme conocer su salvadora ocurrencia. Tú…. – me dijo dubitativo – tú eres…bueno…pero no te vayas a enojar…ni te vayas a sentir mal por lo que te voy a decir… Por favor Martín, habla…te juro que no me sentiré mal y jamás me podría enojar contigo…. Bueno….lo que sucede es que yo conozco a unas personas…que andan buscando a alguien como tú…. ¿A qué te refieres? – le pregunté con impaciencia. Pues es que estas personas hacen películas de chicos….tú me entiendes…. |